La peste negra y sus repercusiones en Europa
Entre 1346 y 1347, Europa vivió la peor epidemia de peste, conocida como la peste negra. Esta enfermedad se originó en la ciudad de Caffa (actual Feodosia), en Crimea, y se propagó rápidamente por el continente. La peste afectó tanto a la población pobre como a la rica, lo que causó un gran pánico, ya que su origen y tratamiento eran desconocidos. Durante la Edad Media, las explicaciones sobre su causa eran variadas, desde teorías astrológicas y miasmas hasta influencias geológicas, pero no fue hasta el siglo XIX que se descubrió que la peste era causada por la bacteria Yersinia pestis, transmitida por las pulgas que infestaban a las ratas.
La enfermedad se manifestaba en tres formas: bubónica, septicémica y neumónica. La peste bubónica se caracterizaba por la inflamación de los ganglios linfáticos, conocidos como bubones. La forma septicémica afectaba la sangre, mientras que la neumónica afectaba los pulmones, siendo especialmente contagiosa por vía aérea. La peste se propagaba rápidamente a través de las rutas comerciales y de peregrinación, tanto marítimas como terrestres, y en pocas semanas podía afectar amplias zonas.
La mortalidad en Europa fue devastadora, alcanzando hasta el 60% de la población en algunas regiones. En la península Ibérica, la población pasó de seis millones a aproximadamente dos millones. La propagación de la enfermedad fue facilitada por las condiciones de vida y el comercio internacional, y a pesar de los intentos de huir al campo, las ciudades, en realidad, eran más seguras debido a la mayor densidad de población. La peste dejó una huella profunda en la sociedad medieval, no solo por la cantidad de muertes, sino también por su impacto social y económico.
Salma El Idrisssi

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